Hace un año apareció en unos cuantos diarios y medios de prensa una pequeña nota que informaba del término del bombardeo al campo de refugiados Nahr el Bared. Nada se dijo sobre los civiles muertos, las catastróficas consecuencias materiales y las motivaciones políticas que existían. Una vez más, sólo se habló de cifras parciales, como suele ocurrir cuando se trata de los conflicto en Medio Oriente.

Nahr el Bared, que significa Río Frío en árabe, era un tranquilo y pequeño campamento de refugiados, situado a 16 kilómetros al norte de Trípoli, en el Líbano. Fue establecido en 1949 por la Cruz Roja para acoger a los miles de palestinos que debieron dejar sus hogares cerca del lago Huleh, en Palestina, un año después de la creación del Estado de Israel .

La Nakba (catástrofe), como se le conoce a este acontecimiento cuando unos 700.000 palestinos tuvieron que huir de sus hogares en 1948, marcó un antes y un después en la milenaria historia de Palestina y condenó a millones de sus habitantes a vivir como refugiados, principalmente, en los países vecinos como Siria, Líbano y Jordania; y a muchos otros a trasladarse a distintas partes del mundo.

58 años después, los refugiados y sus descendientes, habían logrado levantar un barrio que albergaba a 35 mil personas, con viviendas sólidas y un comercio activo. Años de sacrificio y reasentamiento se vinieron abajo el 20 de mayo de 2007, cuando el ejército libanés comenzó un bombardeo que se extendería por 106 días, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, sin importar que éstos fueran civiles, niños, mujeres y ancianos.

Campamento Nahr el Bared destruido. Tanque libanés. Crédito de Yasna Mussa.

Campamento Nahr el Bared destruído. Tanque libanés. Crédito de Yasna Mussa.

El motivo de dicha operación, según fuentes libanesas, se debía al ingreso ilegal al campo de milicianos islámicos de diversos grupos, entre ellos Hezbollah y Fatah al Islam, quienes habrían sido los autores de diversos atentados en el norte de Beirut y del asalto a un banco en la localidad de Amyuon. Fatah al Islam es un grupo que reúne diversas nacionalidades árabes y que se constituyó el 29 de diciembre de 2006, luego de ser expulsado de Fatah al Intifada, debido a sus posiciones extremistas, asentándose meses después del ataque e invasión de Israel al sur del Líbano, en los al rededores de Trípoli, específicamente en Nahr el Bared.

Con este argumento, el ejército libanés convirtió el sector conocido como Río Frío, en un verdadero río de sangre, penetrando por primera vez en el campo de refugiados, lo que estaba prohibido por un acuerdo explícito entre el gobierno, la Liga de los Estados Árabes y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP); tras la guerra civil libanesa que aconteció entre los años 1975 y 1990. Un día después de que se retiraran del sector, Seniora prometió la reconstrucción bajo tutela del Estado libanés.

El campamento Badawwi, ubicado a cinco kilómetros de la ciudad costera de Trípoli, acogió a los más de 20 mil civiles que buscaron refugio durante los últimos días que duró el ataque, provocando una sobrepoblación y un colapso en los servicios sociales. Aunque muchos se reunieron en las afueras protestando y denunciando lo que ocurría, no fueron tomados en cuenta más que desde una perspectiva humanitaria, sin cuestionar el por qué se llegó a la decisión de hacer pagar a la población como justos por pecadores.

Ocultando el desastre

A esas alturas poco se sabía de lo que ocurría bajo el fuego y el humo que rodeaba uno de los 12 campamentos oficiales de todo el país, que albergan a más de 400 mil refugiados palestinos. Sólo se sabía lo que informaban algunos residentes a través de llamadas telefónicas, confirmando que el ejército continuaba bombardeando con artillerías áreas específicas donde estaba radicada la mayoría de los civiles. Periodistas y medios de prensa tenían prohibida la entrada a la denominada “zona de guerra” y hasta abril de este año, quienes conseguían hacerlo, eran custodiados por soldados libaneses que se encargaban de requisar las cámaras.

Tanto la prensa internacional, como la información oficial entregada por el gobierno, justificaban el ataque como parte de los objetivos militares de acabar con las revueltas y acciones cometidas por las organizaciones extremistas. Sin embargo, nada se dijo del real escenario provocado luego de tres meses en que se lanzaron bombas, cohetes y proyectiles en lo ancho y largo del campo. Uno de los pocos que sacaron a la luz lo acontecido fue Franklin Lamd, experto norteamericano en asunto libaneses, quien visitó el campamento y escribió: “Después de tres días de bombardeo, hay más de 100 muertos, no hay agua, ni electricidad, huele a carne quemada y podrida, a casas carbonizadas, a aguas servidas y el acre olor de munición”. Cifra que aumentó con el pasó de los días, alcanzando a más de 250 el número de muertos, entre los que había, en su mayoría, civiles, como también, soldados y milicianos.

Convencidos, y convenciendo, del “triunfo” que significó la hazaña, tanto el máximo jefe del Ejército del Líbano de ese entonces y actual Presidente, Michel Suleiman, como el primer ministro, Fuad Siniora, declararon sentirse satisfechos por haber aniquilado los grupos armados, gracias a sus buenos movimientos militares, su potente arsenal y los efectivos enviados por Estados Unidos. Lo que no se comentó fue acerca del saqueo a las viviendas, la destrucción intencionada, los incendios premeditados a todo aquello que no fue bombardeado, los eslóganes racistas y ofensivos hechos por sus militares contra los palestinos y las decenas de abusos sexuales que vivieron muchas de las víctimas, según constataron las actas médicas.

Hoy, todo el campo está destruido. Los escombros se acumulan en lo que hasta hace no mucho eran casas y edificios bañados por el mar Mediterráneo, sin que exista certeza de que se concreten los proyectos de reconstrucción y que retornen sus habitantes. Sólo evaluaron como “normal” el resultado de la contienda militar y exhiben orgullosos su bandera flameante en medio del desastre. Esta es la segunda Nakba, donde miles han debido emigrar con lo puesto y sólo una minoría, cerca de cinco mil, se han acomodado en las pequeñas y básicas viviendas construidas por las Naciones Unidas en terrenos alquilados a los propietarios palestinos.

Es el caso de Said, quien junto a su esposa, que padece cáncer terminal, han tenido que comenzar de cero. Amontonado en una pequeña habitación de 16 metros cuadrados, con piso de tierra y sin sistema de alcantarillado ni agua potable, ha debido trabajar como obrero de la construcción para llevar lo esencial para sobrevivir durante estos meses y para que sus 7 hijos, todos estudiantes, puedan continuar con sus educación.

“Antes de la destrucción estábamos en una situación tranquila, había seguridad y éramos conocidos como un campamento donde había mucho comercio. Luego de la invasión de Israel contra el Líbano, fuimos sorprendidos por la presencia de gente extraña, no sabíamos de dónde venían y de repente el ejército libanés puso puestos de control y bloqueó el campamento”, recuerda Said.

Si bien en un comienzo sólo bombardearon las posiciones de Fatah al Islam, el ejército no tardó en atacar la denominada “zona vieja” del campamento, lanzando proyectiles y cohetes, alcanzando como víctimas no sólo a los milicianos, sino que también a decenas de civiles que sin ser alertados no tuvieron dónde huir y resultaron ser un blanco fácil en un campamento que presentaba una alta densidad de población. Pero no les bastó con eso.

Aunque el gobierno de Seniora se comprometió a salvaguardar a los civiles durante su enfrentamiento con Fatah al Islam, durante dos semanas su ejército comerció armamento pesado con los milicianos y luego comenzó las incursiones terrestres y aéreas, olvidando por completo su compromiso inicial. “No podemos darnos el lujo de negociar. No podemos llegar a un acuerdo sobre el asunto del terrorismo”, fue la excusa del primer ministro libanés cuando se le cuestionó su decisión.

Un nuevo Sabra y Chatila

Un alto representante de la OLP en el Líbano, Abbas Zaki, comentaba en la televisión su impresión al ver “cadáveres pudriéndose en las calles”. La tragedia se revivía 25 años después de la masacre en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, cuando las falanges cristianas libanesas asesinaron a más de 3 mil civiles, una vez que el ejército israelí, al mando de Ariel Sharon, autorizara su ingreso.

La diferencia radica en que las imágenes de los miles de cuerpos ennegrecidos acumulándose en aquel septiembre de 1982 dieron la vuelta al mundo. Ahora, nadie sabe qué ocurrió en Nahr el Bared, nadie explica cómo sucedieron los hechos, ningún tribunal internacional condena a los culpables y los medios no publican imágenes que reflejen la destrucción masiva y dolorosa que significó 3 meses de ataque indiscriminado.

El gobierno prooccidental que encabezaba el primer ministro Seniora sigue sumergido en la eterna batalla política con Hezbolá y sus aliados desde la invasión israelí a mediados de 2006. El asunto palestino no ha sido ni es una urgencia para el Líbano, pues sumado a las últimas masacres se encuentra la histórica situación de marginación que ha debido enfrentar la población palestina, a quienes no se les permite adquirir propiedades, el ejercicio de 75 profesiones (periodistas, médicos, profesores, entre otros) y un sinnúmero de prohibiciones que les impide igualar en derechos a los ciudadanos libaneses, aun cuando las nuevas generaciones hayan nacido ahí.

La extrema situación ha desesperanzado a los refugiados, radicalizando la situación dentro de los campos y creando un clima de inseguridad que oscurece el futuro de miles de personas que llegaron a ese lugar buscando la paz que les fue arrebatada en su propio hogar. Sin embargo, los palestinos que ya comienzan a retornar a lo que quedó de sus viviendas, saben que sólo les queda resistir y en medio de cánticos, aplausos y el popular dabke (baile folclórico) aseguran que ante nuevos ataques, ellos seguirán casándose y seguirán teniendo hijos hasta volver a su histórica y controversial Palestina.

* Esta reportagem de Yasna Mussa foi publicada originalmente na Revista El Periodista em 10 de Outubro.


  1. Gustavo

    Parabéns pela reportagem Yasna. Não há como não se comover e indignar com a situação dos refugiados.




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